Aunque ya en el siglo XII era necesario un puente que cruzara las dos orillas, hubo que esperar la friolera de siete siglos para tener un puente, al menos estable, que permitiese el paso entre Triana y Sevilla. Casi nada.
Hasta entones las únicas opciones eran cruzar en barca o atravesar el puente llamado de barcas, una estructura formada por barcas flotantes amarradas entre sí, con tableros de madera en la parte superior y cadenas unidas a cada lado del río.

la flotante estructura limitaba en el día a día el paso entre ambas orillas, especialmente cuando las aguas estaban revueltas, ya que aunque era flotante, se rompían las amarras y hasta recomponer el puente podían pasar días en la que ambas zonas quedaban incomunicadas.
La cuestión es que en Semana Santa, las hermandades de Triana no podían hacer, por razones obvias, su estación de penitencia a la Catedral, de ahí que tuvieran que hacerla a la parroquia de Santa Ana, que ahora sabemos por qué es popularmente conocida como la Catedral de Triana.

Fue en la Semana Santa de 1830, 22 años antes de inaugurarse el famoso puente de Triana, oficialmente puente de Isabel II, la Hermandad de la O cruzó contra todo pronóstico un ya reforzado puente de barcas, pasando así por primera vez hacia Sevilla, lo que abrió camino al resto de hermandades trianeras que siguieron su estela de la O en los años siguientes, cambiando así para siempre el desarrollo de la Semana Santa del barrio.


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